DE TODO, COMO EN BOTICA
Por Adrián Arraigada
La multiculturalidad de las grandes ciudades (y de las pequeñas también) se visibilizan en los espacios públicos o semi públicos. En los subterráneos, y específicamente en la línea B de los subtes de Buenos Aires, sucede una especie de varieté constante. El espacio que toma el arte es distinto, como también distinto es el público, las butacas, las luces. Los vendedores no ofertan vasos descartables de gaseosas sino chicles, lapiceras, agendas o mapas. Y en medio – o en un costado, encima, entre- los artistas nos ofrecen casi por imposición su arte. Un arte musical que no pedimos, que casi no queremos, que nos emociona casi sí o sí.
Por supuesto que siempre hay opción: unos auriculares, bajarse del vagón. Pero casi nadie se queda al márgen de la música. Los repertorios son tan variados como los músicos que nos lo ofrecen. El subte es una varieté en movimiento, a 60 kilómetros por hora. En los andenes o en los vagones, la música lo llena todo. El espacio se ocupa y se vive de un modo determinado y casi como en una muestra de arte espontáneo, nos inundamos de polcas, música clásica, folklore, música andina, tangos.
En un vagón pueden ir unas cuarenta personas sentadas y en hora pico, paradas, las que entren. Y no están allí para escuchar música, sino que lo usan para movilizarse hacia el banco en el que trabajan, a la oficina, al call center, a la librería, al juzgado. Y en el medio, interviniendo, un músico con su instrumento, intentando lograr la unión de estas personas.
Los repertorios en el subte nos hablan acerca de una posición política de sus intérpretes. La difusión de obras propias, independientes, de música clásica, de ensambles tipo clown; todo puesto a merced de alegrar el viaje y mejorar el alma luego de una jornada de trabajo. Los músicos nutren a la ciudad en tanto decir artístico. ¿Cuándo se levanta esa bandera política? Cuando aparece el arte y la canción que suena es una y no otra. El rugir de la armónica con una canción de Gieco, el tronar de un acordeón litoraleño es un hecho político.
Se trata de reivindicar el modo de entender la vida a través del arte; cada intérprete decide su canción a partir de determinados factores: que sea convocante, más o menos alegre o emotivo y más o menos virtuoso. Esos tres factores se articulan constantemente para lograr llamar la atención del otro, modificarlo desde afuera hacia adentro y devolver un contacto emocional directo o una moneda. O ambas cosas. También se trata de entender la vida como un hecho cooperativo y no administrativo. Como puede verse en este mismo blog, Sebastián es un músico que elige el folklore y relató los problemas que tuvo para lograr tocar en el subte sin ser expulsado por los administradores de la empresa Metrovías, luchar contra los trámites burocráticos. Y el único fin es regalar música y obtener una moneda a colaboración. Así, pese a todo, el arte interviene. El arte nos media, es una mediación, empleando un término de Jesús Martín Barbero y cuando eso sucede, nos creamos nuevos una vez más. En el movimiento de los trenes sobre las vías se mueve el ser.
Los lugares donde sucede el arte, los andenes, los vagones abarrotados de gente, permite también que muchos artistas autodidactas y sin extensos repertorios puedan comunicarse por medio del arte. Así como los pasajeros se renuevan cada cinco o 10 minutos, las obras también. En su defecto, vagón tras vagón. Esos pequeños músicos -en cantidad de obras- con tres o cinco minutos de escena logran lo que quieren: que los pasajeros curiosos vayan a su casa a indagar más acerca de las obras, que los contacten por las redes sociales, que les brinden una ayuda económica, lograr una relativa economía cotidiana. Y los hay también aquellos que hasta han editado discos con el método “a la gorra”, incluso el vagón les ha quedado chico pero continúan yendo a él sólo por la satisfacción poética que encierra a esta mediación.
El subte actúa como un invernadero, donde esas pequeñas semillas germinan y crecen. Hay para todos los gustos, de todos los colores y estilos. La multiculturalidad de los pasajeros se armoniza con la diversidad de las obras artísticas que nos inundan el espacio, los oídos y el alma.
(...)En la lucha social también por la semilla se llega al fruto al árbol al infinito bosque que el viento hará cantar(…)
Roque Daltón, Ley de la vida.
