La melodía de la organización


Por Julia Vitali

Todos los días los pasajeros de la línea B de subte tienen la posibilidad de disfrutar, o no, de las numerosas composiciones y versiones que los músicos interpretan allí, en las profundidades de la tierra, para “buscar el mango”. Boleros, metal, jazz, folklore, clásico, son algunos de los géneros que podés escuchar si entras en los vagones o transitas los andenes del tramo rojo del subterráneo.

No es azarosa la elección de este lugar. Y tampoco es azaroso el aumento de la cantidad de músicos que circulan allí en los últimos años. ¿Por qué tocan ahí y no en escenarios públicos? ¿Es el subte un escenario público? ¿El Estado debe garantizar las condiciones para que los músicos utilicen el subte como escenario?

Inicialmente podemos decir que falta información y formación respecto de los derechos que tienen los músicos para llevar a cabo su actividad y además, falta participación y gestión pública para que así sea. Esto es responsabilidad del Estado, pero también de los músicos.

“Elijo este espacio para tocar porque es un lugar donde hay gente que se renueva cada 5 minutos y yo puedo repetir mis obras ya que no tengo un repertorio muy amplio. No puedo tocar por más de media hora canciones que sean diferentes”, afirma Joaquín, un pianista autodidacta que toca música clásica en el subte desde hace seis meses. Tiene 27 años y asegura que lo hace porque le va bien. El pibe es un crack. Podría perfeccionar su técnica y quizás tocar en una orquesta o en una sinfónica pero elige estar sentado en el piso de la estación Carlos Pellegrini - pensarán algunos mientras le tiran un billete de dos pesos en el estuche del teclado-.

Por su parte, Sebastián, guitarrista y cantante de folklore, reflexiona acerca de por qué hay tantos músicos en esta línea: “Y supongo que porque se presta más (...) está como más oscura más abandonada, re hippie, hace calor, es como una zona oscura, faltan luces. Yo no me doy cuenta mucho porque yo estoy adentro en ese mundo tocando la guitarra, vengo todos los días, tocando la guitarra, tratando de estudiar y llevar un mango a mi casa y bueno uno hace lo que puede”. Hay algo de la bohemia del músico que atrae de este espacio. Para ellos es un escenario público. Transita mucha gente y goza de una bohemia particular tan acorde a la del músico es oscura, hay lugar.

El subte es propiedad de Subterráneos de Buenos Aires S.E, perteneciente al Gobierno de la Ciudad. Desde 1994 se encuentra concesionado a la operadora privada Metrovías. Esta compañía, según nos cuentan los músicos, tiene un sistema de permisos para que ellos puedan tocar, pero sólo en los pasillos. No así en los vagones y tampoco en las estaciones. Sin embargo, el trámite del permiso es largo, burocrático y engorroso, por lo cual los músicos tocan igual. Y la empresa, en la mayoría de los casos, no los molesta. A su vez, la compañía organiza festivales como Subte Vive o Festival de Jazz en la que participan músicos que no son los que trabajan allí todos los días, sino bandas e intérpretes del circuito. Es decir, no hay políticas concretas y eficaces destinadas a este sector.

“El tema de la propiedad privada es un problema- afirma Sebastián-, está la necesidad de crear espacios realmente libres, abiertos para que venga todo tipo de gente a tocar”. Ese pensamiento se profundizó con la tragedia ocurrida en Cromagnon en el año 2004 y la clausura de miles de bares y espacios donde los músicos independientes podían tocar. “Querés editar un disco y te enteras de que sale 25 mil pesos, que sale muy caro. El mercado de la música es carísimo y por algo es carísimo”, agrega. El grado de concentración de ese mercado también funciona como límite a quienes ejercen esta profesión. Sin embargo, con el acceso a las nuevas tecnologías, el avance en el uso de herramientas de sonido y las redes sociales, los músicos “más pequeños” se han hecho un lugar en la escena alternativa musical.

En octubre pasado se reglamentó la ley que crea el Instituto Nacional de la Música. Al frente del Instituto fue nombrado Diego Boris, un músico que desde la Unión de Músicos Independientes -una organización de músicos autogestionados de diversos géneros y de todo el país- , fue uno de los que redactó las bases y promovió la aprobación de esta norma. Durante unas jornadas para productores y músicos realizadas en Radio Nacional, esta semana, Boris asegruó que el Instituto no nace como una sede central sino que nace con seis sedes, una en cada región cultural: Nea, Noa, Nuevo Cuyo, Región central, Metropolitana y Patagonia. En ese sentido, agregó que “va a apuntar al fomento de la actividad musical en varias áreas, sobre todo música en vivo. Se va a fomentar fuertemente con los circuitos estables de música en vivo, la posibilidad de, a través de vales, producir discos, imprimir laminas, hacer tutorías en dvd, etc. Y además la posibilidad de mejorar la formación integral del músico, no sólo en la ejecución de su instrumento sino en la formación de cuáles son sus derechos intelectuales y laborales para que cuando el día de mañana el músico firme un contrato no esté firmando algo que lo perjudica”. Esta ley además se vincula con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en los artículos relacionados al espacio que la música argentina e independiente tiene que tener en las emisoras de radio y televisión.

La mayoría de los músicos consultados no estaban muy al tanto de toda esta legislación, con excepción de Sebastián que, incluso, tenía una postura sobre el tema. “La ley que sacaron ahora tiene muchos errores, me parece que la hicieron asi al boleo, es insignificante, está mal escrita. En una reunión que tuvimos con la gente del Empa (Escuela de Música Popular de Avellaneda) estábamos de acuerdo en que lo que quieren es controlar la cultura. Dar un espacio sí, pero con una bajada de línea donde no cualquiera puede tocar”.

Surge entonces esta idea de no querer tocar en algo organizado a nivel estatal para “no quedar pegado”. El músico no es independiente. Desde la elección del género, de la composición de los temas, los músicos toman posición.

La ley podrá tener errores o no, hay que aplicarla y ver cómo funciona, pero lo que queda claro es que la organización civil en articulación con el Estado es necesaria a la hora de resolver los problemas. La responsabilidad es de ambas partes. Los músicos que tocan en el subte están bien así. La empresa no los molesta. Pero si pudieran legitimar ese espacio artístico a través de permisos concretos, festivales, horarios y organización, podrían captar la atención de muchos más pasajeros. Y de esa manera “buscar el mango” de una mejor manera.

FOTO: Reportero Aventurero: Músicos del "Subte"